Todos hemos tenido esa sensación de quedarnos petrificados por el miedo. Esa sensación de que nos van a obligar a salir de nuestra zona de confort y no sabemos que es lo que nos espera adelante.
Nos puede pasar con cualquier cosa. Desde actuaciones, exámenes, presentaciones en el trabajo, hasta simplemente el hecho de ser consciente de que lo puedes perder todo.
Quizás sea una bobería, pero lo cierto, es que mentalmente a veces es mucho más fácil no tener nada, que tener algo muy muy preciado. Cuando no tienes nada, no tienes nada que perder. Puedes tirarte como un kamikaze e incluso dar bandazos, porque a veces, cualquier cosa que consigas, por muy poco que sea, puede ser suficiente para sacarte del camino.
Tener algo que quieres, algo que quieres proteger a toda costa, puede hacerte a veces sentir temor. Puedes sentir que todo lo bueno que ha habido hasta ese momento, puede borrarlo de un plumazo cualquier azar del destino. En esos momentos, solemos volvernos demasiado calculadores y asemejarnos a esos alquimistas-tarotistas del pasado que trataban de elucubrar cualquier futuro y ponerle remedio.
Llegamos a veces a autoapuñalarnos rallándonos y pasarlo realmente mal. Puedes llegar al punto de de repente pasar de la extrema felicidad a la duda de... ¿Durará para siempre?
Y es en estos momentos de congelación, de petrificación, cuando hay que sacar carácter, es cuando debemos tomar el toro por los cuernos.
No podemos congelar el mundo, ni medir absolutamente todas las variables que se están moviendo en su seno. Simplemente podemos presentarnos frente a esa cosa que tanto miedo nos da y encararla. Y decirnos a nosotros mismos. Lo haré. Podéis bajar con todo lo que tema en tropel. Que no me moveré de aquí.
Y no importa que me salga mal, y no importa que incluso salga perdiendo, o pueda tener un momento de tristeza. Lo que nos jugamos, bien merece la pena y puede llenarnos también de alegría. Luchamos no solo por conseguir mantener y superar aquello. Luchamos por nosotros mismos. Luchamos, porque somos capaces de hacer frente a cualquier inclemencia y porque aunque nos tire al suelo la vida, nos apedree, nos llene de traumas y nos pueda hacer llorar, o sentirnos alguien insignificante. No lo somos.
Somos nosotros.
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