Es fácil a veces caer en la tentación de creer que solo aquel que compone es el que hace música y me parece un craso error.
¿Imaginan ustedes lo soporífero que sería ver una obra de teatro con unos actores que no se emocionaran y lo que es peor, que no le emocionaran a uno?
Algo parecido pasa con la música. Ese ser intérprete, que no tiene por qué ser profesional, ni mucho menos, podemos asemejarlo a esos chamanes, brujos, parroquianos, etc, que a partir de unas anotaciones, son capaces de hacernos vibrar.
El hecho de hacer música, para muchos de nosotros, no es solo tratar de practicar, aprender, tratar de hacer una ejecución sin errores. En casi todas esas interpretaciones hay algo más allá.
Como aquellos que pintaban ciervos para que de alguna manera mágica surgieran en el bosque al día siguiente, los músicos cuando tocamos, aunque estemos solos, nos juntamos con esa mística primigenía que todos tenemos en nuestro interior para hacer magia.
Tocamos para seres que no están y queremos que nos escuchen, que nos sientan, para curar a nuestros enfermos, para dar amor y alegría a la gente que queremos o incluso para tratar de protegerlos y darles ánimos en la distancia.
Ninguno de los anteriores probablemente sepan que está sucediendo. Pero el músico, como brujo o chamán en la distancia, tratará que esas vibraciones que se expanden hasta ser casi inaudibles en el universo... No mueran como un buen hechizo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario