Las brujas llegaron primero, seguidas de los astrólogos, que habían predicho el lugar y el día, en base a los extraños haces de luz que emanaba la luna esa semana.
Se congregaron en torno al promontorio. Tenuemente iluminado, en medio de la noche, sobresalía el altar con la colección de elementos que necesitaría el hechicero supremo aquella noche. Incienso. Jazmín. Almízcles traídos de lo profundo del mundo. Minerales pulidos de las montañas sagradas.
La aparición de un anciano con capucha, ascendiendo lentamente por la escalinata, hizo detener la actividad y los murmullos que habían crecido en las sombras. El hechicero, tras dejar su báculo en el altar, procedió a generar la mezcla secreta que había sido transmitida de generación en generación por toda su orden.
Los sonidos del interior de cada uno de los presentes, se hilvanaron como un hilo invisible, generando un lúgubre y musical cántico, que se expandió por toda la llanura. El hechicero, observando la luna, pendiente del momento justo, pronunció el hechizo y un fuego devastador se propagó por la llanura.
- Hola
Y tras decir esto, sintiendo como brotaba todo el fuego que había acumulado en su interior durante tanto tiempo, la besó y sintió que no había nada más en este mundo, que el total de su mundo, había quedado reducido a aquellos labios.
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